




























Bajo estos nombres improbables que intentan emular las antiguas clasificaciones de los coleccionistas de conchas, mis espirales cuentan, cada una, la posible historia de una forma, que bien podría existir en la naturaleza, y habla también de la ausencia de un cuerpo, sustituido por la coreografía de una mano que tensa, direcciona, gira, centra y mueve el material como un aliento invisible.
Mis espirales se construyen desde el interior, más que desde la superficie. Son formas a las que se llega por medio de un orden interno. No pretendo crear una apariencia, como si dibujase una concha o la moldease con barro, sino que busco la imitación de un crecimiento natural.
El material textil del que parto es industrial y de origen vegetal, pero carente de propiedades constructivas. Mediante un tratamiento inicial, consigo que el tejido pueda comportarse como el esqueleto de la obra y que, a la vez, aparezca una parte ventral y dura, aquella que tensiona la superficie y otra dorsal y delgada que se expande para originar distintos diseños.
La impresión final es una forma de compleja simplicidad, neutra que integra una experiencia de tiempo y espacio.